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Fútbol y vida.

 Anoche rodó el primer balón de la Copa América mas accidentada que se recuerde, pospuesta durante todo un año por el virus que nos puso en pausa la vida, y el futbol. Un par de cambios de sede, de Colombia hasta Argentina, pasando por chile y pensando en volver a hacerla en USA. Se encontró sede en Brasil y el gigante del sur se negaba a ser anfitrión.

El futbol suele abrirse paso sin importar quien lo adverse, y esta vez también lo lograría. Los anfitriones se negaban a jugar en su país, y terminaron cediendo, pero hoy no quiero hablar de la Copa América, ni tácticas, esquemas de juego y balón parado. Lo de hoy es una pobre excusa para homenajear a los once chamos que se vistieron de vinotinto en el debut de nuestra selección.

La copa ha sido accidentada, y nosotros no podíamos ser la excepción. Salimos a jugar contra una de las mejores selecciones del mundo diezmados, con bajas considerables, sin los titulares de siempre y apenas completando la convocatoria.

A pesar de los tres goles encajados, anoche el país futbolero sintió un orgullo gigante por los chamos que salieron a sudar como nunca habíamos visto la camiseta que nos sigue uniendo incluso en medio del desastre. Nadie pensó que podíamos ganarle a Brasil, un empate hubiese sido épico, y es que si vemos la realidad de una selección que salió con ocho suplentes (dos de ellos llegando a Brasil una noche antes) era un disparate soñar con los tres puntos, sin embargo, ahí estábamos, pegados a un televisor, cantando el himno y mirando a los ojos a la pentacampeona del mundo.

Inferiores en lo futbolístico, en lo individual y colectivo, salimos a jugarle a la mejor Brasil de los últimos diez años, pero con un amor propio que nos hacía sentir capaces de hacer una gran presentación.

Anoche no hubo complejos frente a Brasil, anoche la valentía de la nuestra me hizo pensar en el país fuera de una cancha de futbol. Anoche nuestros muchachos fueron el reflejo de un país que atraviesa las peores horas de su historia, pero que se niega a dejarse pasar por encima.

Algunos tercos vemos en el futbol un reflejo de la vida cotidiana, y ahí estaba nuestro Alexander, a pura voluntad enfrentando al mejor gambeteador del mundo. Ahí estaba el país, luchando contra todo pronóstico, como cada día hacen millones de los nuestros en las aceras del país.

Ahí estaba Aristiguieta, peleando cada balón incluso sabiendo que era imposible presionar solo a los centrales brasileños, el colorado ayer representaba, en ese esfuerzo incansable a los tercos optimistas que seguimos intentando hacer país.

Anoche nuestros chamos fueron el país, dentro y fuera de las canchas. La gallardía, el coraje y la valentía nos hicieron creer que era posible gestar una épica.

Poco importó el 3-0 final porque el país futbolero, al unísono agradeció tanta entrega, tanto amor propio. El futbol es un reflejo de la vida, o la vida un reflejo inconsciente del futbol, no lo tengo claro, pero anoche en Brasil, había un portugués en la banda de nuestra selección, con la frente en alto mientras sonaba el Gloria al bravo pueblo, como los cientos de miles de portugueses que alguna vez decidieron hacer país en nuestro pedacito de tierra.

Pocas veces es tan irrelevante el futbol dentro del rectángulo verde, ayer no importaba el resultado, era más importante la actitud, las ganas. Anoche, en medio de tanto desastre lo importante era demostrar que no nos iban a pasar por encima. Brasil puso el futbol, la magia, pero la nuestra puso las ganas y el coraje.

El desordenado Alexander, fiel a lo suyo desordenó y arengó todo el partido. Mago y Graterol pedían calma, como si tuviesen diez años vistiendo la vinotinto, anoche cada toque de balón era una ovación de treinta millones, cada falta era una muestra de carácter, cada embestida de mágico Gonzales nos hacía pensar que era posible.

El futbol es la vida, una selección repleta de contagios por Covid, como el mundo entero hace un año, tratando de sacar adelante la vida, el partido.

A nadie le importaba si ganábamos ayer, sabíamos que era un sueño lejano. Anoche, al país futbolero, a los que hemos crecido vestidos de vinotinto, a quienes vemos la vida en el futbol, solo nos importaba ver el reflejo de un país que sigue luchando a pesar de las adversidades.

Anoche en Brasil, no eran once tipos vestidos de vinotinto tratando de hacer un gol, éramos treinta millones de almas luchando contracorriente para romper las cadenas.

No sé si la vida es el futbol, pero sé que el futbol es la vida en un rectángulo, y no pudimos tener mejor representación que quienes sabiendo que las probabilidades eran adversas, salieron a hacer un partido lleno de dignidad y amor propio.

No pretendo igualar un partido de futbol a la catástrofe que vivimos en este mapa que a diario pareciera ser goleado, sin embargo, parecía que si anoche hubiésemos sumado puntos frente a Brasil, se solucionara todos nuestros problemas, y aunque no, la verdad es que hubiese existido una breve pausa en la tragedia que somos.

En algún momento tendremos que ponernos el mapa encima y a punta de valentía y mucho orden, sacar adelante los tres puntos que nos otorguen el mayor de los títulos, la libertad plena.


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