Lo conocí por allá en 2009, cuando teníamos apenas diez años y jamás pensé que le tocaría salvarme la vida. Carga detrás de su nombre un apellido de esos fuertes, de los que se reconocen por su importancia en la historia de nuestro país, pero no, no tiene vínculo con los Machado que todos conocemos, solo comparten la casualidad de un apellido.
De padre yaracuyano y madre varguense, creció en una familia normal, sin muchos sobresaltos. Hijo de policías retirados. Testarudo como pocos, malgenio y descaro. Su vida transcurría entre idas al colegio, jugar fútbol y una que otra salida los fines de semana.
Estudia derecho, le gusta la política, y poco a poco deja la vida rutinaria para involucrarse, aún así, Windell jamás pensó que exactamente 7.346 días después de aquel 23 de noviembre en que vio la luz de la vida por primera vez, estaría atrapado en medio de gas, basura y plomo, con un zapato roto y buscando libertad.
Se despertó a las 7:00am, alistó un bolso con máscara, alcohol, lentes, trapos y una bandera tricolor. Desayunó una arepa con el infaltable queso rayado. Un café bien cargado, como para no salir ‘dulcito’.
Se puso una camisa blanca, lo recuerdo claro. Un jean negro, chaqueta y gorra. Rutas de escape en la cabeza, y el nerviosismo que lo arropaba. A pesar de la insistencia de mamá, el decidió salir.
“Cuídate, y pilas. No te agüevonees” Fue lo único que le dijo su papá antes de salir, confiando en su instinto, pero aún temiendo por su hijo. La terquedad que lo ha marcado toda su vida, lo movería también en medio de la locura de aquel día.
Nos vimos temprano en una plaza, fuimos casi los primeros en la convocatoria. Los nervios a tope, y la promesa de no dejar atrás al otro, sin importar las circunstancias. Aquella promesa terminó por ser clave cuando el gas nos había hecho retroceder.
Recuerda el escándalo, las motos y los colectivos intentando intimidar. Fotos iban y venían, consignas que no paraban, y la esperanza al límite. Los Varguenses nos revelamos ese día, obligamos, desde la fuerza de nuestra voz, a llevar la concentración hasta el cuartel de la GNB. Siempre en primera fila, encapuchado desde temprano, y pidiendo fuerza a toda la marcha. Lo recuerdo al borde de la locura, alegre como nunca porque por fin Vargas respondía.
De un momento a otro, y casi sin entenderlo, comenzó la represión. Y cuando la GNB soltó la primera lacrimógena, se acabó el plan. Todos corrimos en direcciones opuestas, Windell se quedó frente al piquete. Retrocedió porque se vio solo.
Windell encontró, luego de varios minutos a uno de los chamos que iba con el, lo tomó del brazo y le pidió calma, lo devolvió a la protesta. Pasaron cerca de diez minutos antes de volver a vernos. Cuando lo encontré, el usaba una máscara, lentes y guante rosa para devolver las bombas. Desde entonces y hasta el final de aquel día, estuvimos en primera línea.
Tenía una bandera de Venezuela, y así, como si la vida quisiera decirle algo, en medio de todo el alboroto, el gas, los gritos y el miedo, la perdió. No volvió a verla jamás, perdió su bandera, como hemos ido perdiendo el país.
Devolviendo bombas, organizando a los chamos. Peleando en primera línea. El carácter de siempre, seño fruncido, obstinado. Un par de veces se ahogó con gas, eso no lo hizo retroceder. Respirabamos, y seguimos. Corriendo para refugiarnos, agarrando fuerzas para contraatacar.
En medio de tanto, una lacrimógena casi nos alcanza la cabeza, justo en el medio de ambos. El sonido metálico de un quiosco que sintió el impacto. Estuvo a punto de ser su cabeza, o la mía. El caos no paraba, era cada vez peor. Windell tiene un zapato roto y se le dificulta correr. A duras penas piensa, quiere quedarse.
Bombas caen, las devuelven. Y una arremetida final de la GNB, comenzaron a disparar desde las pasarelas. Fuimos un blanco fácil. Windell siente que lo toman del brazo, soy yo, pidiéndole que me ayude, no veo, me cuesta respirar. Lo recuerdo casi como un abrazo que me saco del caos. Nos tiramos a descansar en un callejón, ahí nos mirabamos con impotencia. Nos estaban masacrando.
Comenzamos a huir, la GNB nos había acorralado. Estuvimos casi media hora tirados en un basurero, lleno de gas. Resistiendo.
Windell siempre ha concebido una vida llena de libertades, jamás se ha conformado con menos. Lo escuché hablar de libertad cuando tenía 14 años y compartíamos salon de clases. Pasamos años soñando una gran gesta juntos. Y ahí estábamos, arrinconados. Entre lágrimas y valentía.
La GNB tomo el control de la zona, y comenzaron los arrestos. Logramos huir corriendo por un barrio que no conocíamos, nos cambiamos de ropa en un callejón. Y en medio de tanta desesperación, de tanto cansancio alguien nos vio, nos dio agua y refugio por unos minutos. “Esperen que la guardia se calme” recuerdo que eso nos dijeron. Ahí estuvimos diez minutos, y la rebeldía nos hizo volver a salir. Windell llegó a su casa cerca de las 6pm, con un zapato roto, el corazón acelerado y el país doliendo como nunca.
Aquel día Windell corrió, devolvió bombas, estuvo a punto de recibir una en la cabeza, y me sacó del caos cuando yo apenas podía caminar. Solemos bromear diciendo que me salvó la vida, yo realmente lo considero así.
Hace un par de días, cuando decidimos escribir esta crónica, reíamos mientras me contaba que reparó el zapato que se le había roto. Nunca encontramos la bandera, ni la de Windell, ni esa que nos pertenece a todos. No ha encontrado la libertad, pero sigue trabajando en ello.
Desde aquel día, siempre que volvemos a aquel lugar, decimos que aún huele gas, medio en broma, medio en serio.
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