19. Hay poco más que decir en estas horas que nos llenan de luto por las nuevas vidas que ha perdido el país en medio de la hecatombe que vivimos. Aunque parezca increíble, no hemos perdido sensibilidad ni capacidad de asombro.
Hoy los venezolanos nos preguntamos cómo es posible tanta tragedia, tanto abandono. Como si el mundo hubiese volteado la vista a otro plano, en nuestras costas mueren ahogados nuestros hermanos, nuestras mujeres. Nuestros niños.
¿Cuántos días de hambre caben en la decisión de apostar tu futuro en una pequeña embarcación? ¿Cuántos lamentos caben en un país que ve morir a sus hermanos?
Como si todos llevásemos la misma sangre, el país amaneció de luto, llorando una perdida más. Nadie aguanta las lágrimas, se nos desborda la vida. Nos ahogamos en nuestra propia incertidumbre. Como duele la vida.
¡Ay, los niños que perdieron el futuro!
No existe la infancia, la ahogaron en desespero y el hambre. Cuanta confusión, cuanto dolor.
Flotamos bocabajo, esperando que nos encuentren, que alguien nos rescate, y están llegando tarde. El país siente cada vida como propia, pudieron ser nuestros hijos, hermanos, madre o padres, y lo son.
No se pueden evitar las lágrimas. ¿Cómo estarán sus familias? ¿Cómo se sobrepone una abuela, que ve flotar a su nieto por medio de fotos?
Estamos llenos de preguntas, y nadie da respuestas. Hay un silencio abrumador. Todos gritamos por dentro. Hace años, Mario Silva hablaba de estar nadando en un ‘mar de mierda’. En ese mismo mar se ahogan a diario los venezolanos, vivimos la peor crisis de la historia, y diecinueves vidas más lo comprobaron.
Parece que nadie escucha nuestro grito de auxilio, en medio de patadas para evitar que se hunda lo poco que queda de esta embarcación. Alguien dijo que somos un peñero a la deriva, cuánta razón.
Pudo haber sido cualquiera de nosotros el que claudicara en medio del mar, buscando no ahogarse.
Casi se escucha el desespero mientras se llenaban de agua, de muerte. Que cruda es la muerte cuando es tan trágica.
Que retumben sus nombres en cada rincón del mundo. Que nos ahoguen sus recuerdos, para dar fin de una vez por todas a los asesinos de aquellas diecinueve vidas que hemos perdido.
Excelente escrito, llama a la reflexión y serán más los que se van si no se pone in remedio.
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