En un intento por recordar los motivos de nuestro amor por este bendito mapa, tome la decisión de escribir en positivo, desde el optimismo. Dejando a un lado el recuerdo de lo que fuimos, quise escribir mirando de frente aquel país que queremos ser. No me atreví a hacerlo antes porque en medio de tanta mala noticia parecía casi una burla hablar del país posible, sin embargo, en un ejercicio de terquedad entendí que la luz se prende cuando estamos en medio de la oscuridad. Aquí está mi pequeña linterna, el país posible.
Paradójicamente escribo sobre las bondades de nuestro país en papel, se me dañó el teclado de la computadora, y como todo en Venezuela, no se cuando podré reponerlo, pero aquí vamos.
Contrario a la opinión general que murmullan nuestras aceras, yo no creo que el país este jodido porque “nos jodemos entre nosotros mismos”. Yo sigo creyendo que el valor más importante en esta mal llamada república es la generosidad y la capacidad de empuje que siguen teniendo los venezolanos. A pesar de las dificultades diarias, vemos como el emprendimiento es cada vez más común en nuestro país, y eso es gracias a chamos como los que protagonizan este intento de excusa para seguir amando a la patria.
Tuve la oportunidad de conversar con tres emprendedores, muy joven los tres (ninguno supera los veinticinco años) y si algo tienen en común, son sus ganas de hacer país. Wilmary, Carlos y Javier, tres chamos que siguen apostando al elefante.
A Carlos y Wilmary los conocí haciendo política, y a pesar de que aún se dedican a levantar la voz por muchos jóvenes, también han decidido emprender, crecer por su cuenta.
Los tres tuvieron la posibilidad de emigrar, en común tienen que decidieron volver a casa. La primera en hacer maletas fue Wilmary, en 2018 salió rumbo a Perú, y aunque no le fue mal, ese mismo año volvió a empacar, está vez con dirección a casa. Wilmary vivió en carne propia la xenofobia, hoy es la fundadora de Habibi’s cakes y es parte de ese enorme grupo de chamos que han decidido hacer de su país, su nuevo estilo de vida.
Javier probó suerte en Ecuador con diecinueve años, hoy a sus cortos vientiunos hizo de la fotografía (que alguna vez solo fue un hobby) su forma de hacer país. "Fue imposible adaptarme a fluir diferente. Decidí hacer de Venezuela mi punto de partida".
Carlos, por otro lado me cuenta que lo más difícil de emigrar fue el sentimiento de soledad, añorar un abrazo, una simple palabra de aliento. "El sentimiento de soledad es jodido, te hace creer que no tienes a nadie, incluso si estás rodeado de gente".
Suena casi a cliché, pero la realidad casi indiscutible es que lo poco que queda de país lo sostiene la terquedad de los chamos, del que hace política como Carlos y Wilmary, hasta el que emprende como Javier.
"Hay que vivir para la política, no de ella". Así lo ve Carlos, mientras que la motivacion de Wilmary es entregar amor en forma de postre. Javier, por su parte, decidió convertir su amor por el arte en su forma de transmitir emociones y pensamientos con el lente de su cámara.
Javier apuesta al arte, valentía pura. Para él no ha sido tan difícil, al menos así lo ve el. "No sé si es suerte o talento, pero me ha ido bien". Por su parte, Wilmary y Carlos coinciden en que la dificultad radica en reinventarse, crecer, no rendirse.
Mientras el enorme elefante agoniza, chamos como ellos se dedican a darle oxígeno para evitar que muera, emprender en Venezuela es en la misma medida un acto de coraje y amor. Soñar en el país de las pesadillas no deja de ser un enorme reto.
"Hay que atreverse" me dice Carlos, mientras Wilmary sueña con que seamos un país de propietarios, dónde reine la prosperidad, y Javier se aferra a la dedicación para que podamos vencer. Parece mentira que esa sea la visión resiliente de un sector tan golpeado como lo es la juventud de nuestro país. Parece casi un acto de honor, una última mirada al enemigo en batalla y decirle "Aquí sigo, y no voy a rendirme".
Hoy viven los tres de sus emprendimientos, de sus ganas de no rendirse. Los tres probaron suerte en otros mapas, los tres coinciden en que es necesario seguir haciendo país. Ellos apuestan por el elefante, yo apuesto por ellos.
No ha sido facil, ninguno de ellos (al igual que yo) conocen otra realidad, hemos crecido recibiendo golpes por todos lados. Cómo diría mi papá "tenemos 21 años llevando del bulto". Pero aquí están, viendo cómo se cae el elefante, y ayudando a levantarlo tanta veces como sea necesario.
Carlos fundó Tetengoensalsa, y comparte su tiempo entre el horno de los pastichos y la politica, como Wilmary hornea amor y postres, mientras se abre paso en la política. Javier sigue disparando con su cámara para convertir lo cotidiano en arte.
Ahí están los tres, siendo ejemplo de valentía, porque hacer vida en Venezuela, y además emprender, es un acto de coraje. Mientras los hijos del elefante apuesten a la terquedad de no rendirse, de construir, hay un país posible.
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