¿Imaginas estar preso por llevar comida a un grupo de jóvenes valientes que luchan por su vida? Esa es la historia del injusto encarcelamiento de Genessis, una joven venezolana encarcelada y maltratada por el régimen de Nicolás Maduro.
Viernes, corría el siete de julio del convulso 2017. Caracas ardía en llamas. Los chamos alzaban la voz, entre cascos de bicicleta, escudos de madera y muchas ganas de libertad. Genessis había pactado ir con algunos amigos a entregar comida a los chamos de la resistencia, a fin de cuentas, eran ellos quienes estaban poniendo su vida por todos.
Su recorrido comenzó en Plaza Francia, Altamira. Sin embargo, la represión los hizo moverse hasta Bello Campo. Acompañada solo por una amiga, cargaba maletas de comida que debía entregar. La represión aumentaría, llegaba el momento de correr entre disparos y nubes de gas lacrimógeno.
Se desataba el caos. Comenzaban a caer las personas, el desespero se apoderó de nuestras aceras una vez más. Genessis perdió de vista a su amiga, y solo ve caer a un señor de edad avanzada. En medio de empujones, gritos y desespero Genessis cae, con su maleta de comida, con sus sueños de libertad. Tocó el pavimento de Caracas, y la vida la golpeó al escuchar al primer GNB de todos los que vería durante su travesía como presa del régimen.
“Tengo a una. Levantate que te vas con nosotros”. En medio de todo el terror que la recorría, tenía aún la fortaleza mental para seguir buscando a su amiga. La encuentra rodeada de guardias, llorando y al bode del desespero. Casi como asumiendo su destino, y en un acto de valentía de esa que solo quien estuvo en la calle puede presumir, Genessis se montaba en la moto con cara seria, como si no tuviese miedo. Lo último que vio fue a su amiga tirada en el pavimento, en posición fetal, indefensa.
La llevaron a La Carlota, donde escucharía al segundo GNB dentro de su tragedia. “Ahora son nuestros, podemos hacerles lo que queramos. Nadie se va a enterar”. Recuerda que lo primero que hicieron fue arrodillarlos, y ponerles las manos sobre la cabeza, cual criminales. Los gestores de nuestra rebelión, el futuro del mapa arrodillado frente a los asesinos vestidos de verde oliva. Diecinueve víctimas, dieciséis hombres y tres mujeres, si es que caben los términos, eran diecinueve niños, diecinueve chamos que se cansaron de la miseria de nuestras calles.
Acto seguido comenzó lo que la GNB denominaría “la fiesta”. Los golpearon a todos, los cascos de la GNB retumbaron en sus cabezas, en el torso. Sin remordimiento, casi con placer los golpearon hasta la saciedad. Llegaron camiones de la GNB y notaron que su infierno estaba lejos de terminar. Los llevaron al Bicentenario de Plaza Venezuela. Divididos en grupos de cuatro, encerrados en pequeños cuartos sin ventilación llamados “los murciélagos”. Manos atadas a la espalda, y para hacerlo más humillante, la atadura estaba hecha con las trenzas de sus propios zapatos. Cuanto terror, cuanta humillación. El desprecio por la libertad, la vida y el pensamiento propio era demasiado obvio por aquellos días.
“Espero que cooperen, digan quien les paga, y para qué. El que no tenga nada que decir, invente. No tienen idea de lo que les puede pasar”. Era el tercer guardia que Genessis escuchaba aquel día, y estaba ya hastiada de las amenazas, del color verde, de las ataduras e incertidumbre. Ahí estaban los chamos, nadie dijo nada a pesar de las amenazas. Nadie les pagaba, estaban ahí por convicción, tenían hambre de libertad, de vida, y salieron a buscarla en las aceras del mal llamado país que fuimos, del desastre que seguimos siendo.
Como represalia al silencio, les llenaron el cuartico de humo. Años después, Genessis calcula unos cinco minutos de encierro en el gas, pero en ese momento, se sintió como una eternidad. La asfixia ya no era metafórica, los estaban ahogando. El futuro ahogado en humo, casi como para que no extrañaran las calles en las que también los habían llenado de gas antes de encarcelarlos.
Cayó la noche, comenzaba a ser obvio que esa noche no dormiría en su casa. Le pidieron sus datos, y el contacto de algún familiar para contactarlo y avisar la detención. A las diez de la noche los subieron nuevamente a los camiones que los habían llevado hasta lo que parecía ser su nueva casa, en grupos de tres dieron vueltas por toda Caracas, una hora de recorrido, en medio de la noche. La película de terror apenas comenzaba. Genessis aún tenía la esperanza de que los soltaran en alguna calle, en algún callejón. Llegaron al comando 435 de la GNB en Altamira.
Genessis acaba de caer en cuenta de que está presa, no va a ir a su casa en algún tiempo. En cuestión de horas pasó de ser una estudiante de las mejores casas de estudio del país a ser rehén del Régimen.
Los recibieron con más golpes. Otra vez los cascos, otra vez la violencia desmedida, la rabia contenida de los cobardes capaces de expresarla solo contra indefensos estudiantes. La miseria de la república, el desprecio a la vida, todo contenido en sus cascos, todo aquello sacudido contra la costilla derecha de Genessis, que a estas alturas no puede caminar erguida. Apenas tiene un par de horas presa, y la disminuyeron físicamente.
Genessis que había ido a entregar comida, y pasó la noche en una celda. Era la madrugada del sábado, los sacaron de sus celdas para llevarlos al CICPC y abrirles expedientes, estudiantes transformados en delincuentes, su delito: pensar diferente.
6am: Son llevados a tribunales, y ella sigue en shock, no entiende nada. No había hecho nada malo ¿Por qué estaba detenida? Genessis piensa en su mamá, en cómo estará, ella no sabe si su mamá está enterada. Casi como si la hubiese llamado con la mente, la escucha gritar. De una garganta que era madre y rabia, puro nerviosismo y entereza, se oye la rebeldía de quien en medio del llanto es capaz de enfrentarse a todo por lo que es suyo. “Déjenme pasar, aquí está mi hija y vengo a llevármela”. Genessis me cuenta que el corazón se le hizo añicos. A pesar de eso, no les permitieron verse, esta vez mamá no podía cumplir su papel de heroína, iba a tener que esperar.
Genessis no estaba sola, vio de lejos a su mamá y amigos, estaba ahí, tan cerca para verlos, y tan lejos para sentirlos. La encerraron en el sótano de los tribunales, con delincuentes comunes, asesinos, violadores, secuestradores. “Los guarimberos” como los guardias los llamaban, serían los últimos en ser presentados. En Venezuela pensar diferente es el peor de los delitos. Aunque todos los cargos imputados eran inventados, la decisión estaba tomada, se quedarían ahí. De vuelta al comando 435, donde pasaría tres días incomunicada, sin saber de su familia, o de ella misma. En un acto de lo que pareció buena fe, recuerda a una GNB que le ofreció una llamada a escondidas, pero Genessis no confiaba, y no era por la guardia concretamente, pero ese uniforme le había hecho tanto daño, que no podía ser de otra manera.
Llamó a su mejor amigo, y cuando le dijo quién era, escucho el silencio eterno de quien solo quiere romper en llanto al otro lado de la línea. Llamó a su mamá, que no dejó de ser madre, entre regaños le dijo que estaba en la puerta de ese mismo comando. “De aquí no me voy hasta que te vayas conmigo”. ¿Cuántas madres han sido la madre de Genessis?
Se comunicaba a través de cartas que lograba meter en los envases de comida, era su forma de saber que pasaba en el exterior, de entender el avance de su caso. Genessis aún guarda las cartas, y a veces, las relee en medio de las lágrimas.
“Estaba muerta de miedo, pero tenía que ser valiente. Si me derrumbaba, mi familia también lo haría”. Genessis recuerda sus días llenos de impotencia, de rabia. Defender sus valores no podía ser un delito, eso era inadmisible. Se propuso salir de ahí con la cara en alto, sin llorar, aunque tuviese el corazón hecho pedazos.
Pasaban los días y la carta de libertad no llegaba. Luego de un mes, el director del comando la llama y le pide que acomode sus cosas, que sale ese mismo día. En medio de la incertidumbre Genessis recoge un par de cosas, y con la mínima esperanza esperaba que por fin llegara su carta.
Cayeron las 6 de la tarde, le llevaron la cena y Genessis sabía que dormiría una noche más ahí. Comienza a cenar, casi resignada. La llama nuevamente el director. “Herrera, llegó tu carta de libertad, vístete que te vas”. En medio del papeleo, y las firmas, continuaba el juego macabro.
“No hay nadie allá afuera, nadie te está esperando. ¿A dónde vas a ir?” Todo eso le dijeron, le sembraron terror, la tenían solo un par de horas más, y querían aprovecharlo.
Genessis cruzó la puerta y vio a su mamá, a sus amigos, compañeros de partido. Se fundió en un abrazo eterno con su mamá, que ahí seguía como se lo prometió la primera noche, esperando por ella, aguantando cual madre. Abrazó a su mejor amigo, en el desahogo y el desespero, necesitaba calor humano, necesitaba de los suyos. Desde hace un mes solo sentía el frio de los cascos en la costilla, el olor a gas, el maltrato, el terror de sentirse atrapada.
Se montó en el carro y solo podía pensar “por favor, aceleren, aceleren que me van a volver a detener”. El miedo se había apoderado de ella, aún no se permitía llorar, se sentía vulnerable. No estaba segura aún, por lo menos eso le hacía creer su mente.
Entre abrazos llegó a su casa. Luego de tanto, por fin estaba en casa, con su familia, en el resguardo de su hogar, de sus amigos.
La de Genessis es también la historia de los otros dieciocho chamos apresados con ella. Es la historia de quienes aún están en “La tumba”. Genessis y su injusto encarcelamiento son el reflejo de la barbarie chavista.
Finalizó su historia asegurándome que volvería a salir, que no se arrepiente de haber ido aquel día a llevar comida a los chamos de la resistencia.
“Luchar por tus valores e ideales no es un delito, no puede serlo. Por supuesto que volvería a hacerlo”.
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