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Caminante sin camino.

 

Tiene veinte años y poca visión en un ojo, es venezolano y por supuesto luchador. Bryan Gonzales vive en Guanare, Portuguesa. Como miles de venezolanos tiene una historia llena de drama causada por la tragedia presente en nuestro mapa. Bryan se graduó del bachillerato en 2016, y cursó cuatro semestres de ingeniería informática, pero la dificultad de costear sus estudios, sumado al apagón nacional de marzo de 2019, lo empujarían a buscar futuro en otras tierras.

“Venezuela es un campo de guerra, está llena de incertidumbre. El país es la certeza de que todo es una improvisación”. Eso dice Bryan cuando le preguntan por su mapa.

Colombia, Perú y Ecuador eran las opciones que barajaba como destino para su nueva vida. Ecuador sería el país elegido. Aunque su primera opción era Perú, comenzó el visado obligatorio para venezolanos, tuvo que decidirse por Ecuador. Guayaquil sería su nuevo hogar.

Bryan me cuenta que su mamá, aunque no le cortó las alas, le pidió quedarse, replantearse la situación. “Es mi madre, tenía que pedirme que me quedara y eso hizo, pero siempre me apoyó”.

Partiría desde Guanare hasta Cúcuta donde cobraría un préstamo familiar que lo ayudaría en su accidentado trayecto. Cuando le pregunté sobre sus sentimientos al salir de casa, se le quebró la voz, no sé si la nostalgia aún lo sobrepasa, pero Bryan cuenta que sintió como le sacaban el corazón del pecho. Iba camino al terminal de Guanare y se encontró rodeado de recuerdos, lleno de la vida que alguna vez fue y ya no era.

Bryan es uno de tantos jóvenes que se ha visto obligado a abandonar su país en busca de mejores oportunidades. Cuanto camino hay en la suela de los venezolanos.

En San Antonio del Táchira se llenó de venezolanidad, tenían que coserse el corazón de vuelta al pecho, y él era el único capaz de hacerlo.

El día que llegó a Cúcuta era feriado, y no pudo cobrar el dinero. Tomó la decisión de comenzar a caminar y retirar el supuesto dinero en otra agencia. No recuerda el día exacto en que comenzó a caminar, sabe que fue en agosto, que fue los primeros días, pero no recuerda exactamente.

Parece casi una analogía del país en el que nos convertimos, nadie recuerda cuando comenzó la hecatombe. Todos sabemos que llevamos veinte años caminando por la calle de la incertidumbre, pero nadie recuerda una fecha exacta.

Acompañado de dos amigos de la infancia comenzó su camino. Para su mala surte, estallarían las protestas en Colombia, salió de Venezuela buscando paz y se encontró con un ambiente que le traía recuerdos. Bryan no se pertenecía, no se sentía de aquí, ni de allá. Había partido de casa, estaba en suelo ajeno, y ya no hallaba la patria que suponía tener.

Cruzar una frontera podrá parecer sencillo, pero toda la esencia está en juego. La vida, las costumbres, tus recuerdos… nada existe detrás de la frontera.

Durante su camino, pensó en rendirse. Como cualquier joven de diecinueve años, necesitaba los brazos de mamá, pero seguiría adelante. Llegó a Pamplona y comenzó a notar el viaje dentro del mismo viaje. Conversó con poca gente, estuvo muy alerta de su equipaje. Aferrándose a su vida, empacada en un bolso y arropada con un suéter.

Recuerda hablar con su propia mente, aferrándose a lo positivo, aunque fuese poco. Cuanta reflexión cabe en la migración a pie.

Acompañado por su pequeño pedacito de país representado por sus dos amigos, llegó a una Cruz Roja, recibió ayuda y continuó. En Pamplona tampoco pudo cobrar el dinero que esperaba. Bryan estaba lejos de casa, sin dinero y con nada más que voluntad y una bolsa con artículos de primera necesidad. La única forma de continuar su camino, era cruzar el páramo de Berlín, pero no tenía dinero. Alguien se ofreció a llevarlo a cambio de algunas latas de atún.  

La noche anterior a cruzar el páramo, Bryan y sus amigos durmieron en un refugio. Al azar, sus cedulas salieron sorteadas, podían quedarse a dormir una noche. Un colchón pequeño, sin sabana ni almohada, pero pasaría la noche con un techo sobre su cabeza. El encargado del refugio lo alertó sobre el peligro del páramo, y de cómo era una farsa para despojarlo de sus pertenencias. Él había sido testigo de cientos de venezolanos dejados a su suerte. Bryan debía tomar una decisión.

Iba a volver, el riesgo no valía la pena, eso pensó. Sin dinero, comida ni agua comenzó el viaje de regreso. Durmió en una estación de servicio. El camino de regreso no sería sencillo.

Caminó de noche, por senderos sin camino. Casi sin luz, y con poca visión. Casi puedo escuchar el drama del momento en el que se desgarró la pierna, cuanto sufrimiento para un joven que no hizo más que luchar por su país. A paso lento, retrasando al grupo. Quebrado. El dolor le abrió los ojos, permitió la salida incesante de lágrimas. Descansar era incluso peor, dolía más. A Bryan casi lo arrolló un camión, el drama y la angustia no cesarían.

Duele la pierna, y las decisiones. Duele la vida y el mapa. En este punto de la historia, Bryan ya ha sufrido todo lo que puede aguantar un ser humano. Llegó al terminal de Cúcuta, atiborrado de paisanos que regresaban a casa, la travesía terminaba de mala gana.

Al llegar a Cúcuta, notó que el dinero que esperaba nunca existió, su propia familia lo había engañado. Demasiada tragedia para tan pocos años de vida.

Llegó al puente fronterizo de noche, durmió, una noche más, entre monte y tierra. Luego de días sin comer, cambió el restante de dinero que le quedaba para llegar a casa. Llegó a Guanare, el terminal queda a 4Km de su casa. Nadie sabía que Bryan iba de regreso a casa, nadie lo espero. Nadie lo buscó.

Con la pierna aún desgarrada, Bryan caminó hasta su casa, donde no había nadie. Pasó los siguientes quince días solo, recuperándose. En la soledad se pueden pensar muchas cosas, fue casi una terapia personal.

Bryan, al igual que todos, ha perdido mucho por culpa del régimen venezolano. Él no olvida que todo lo que vivió es culpa directa de quien oprime a Venezuela. Es un chamo más en la inmensa cantidad de venezolanos que han vivido lo inhumano.

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