Escribo desde mi terraza, dónde me dispongo a dormir ya que desde hace casi veinte horas hizo su acto de desaparición el servicio eléctrico. Con un techo lleno de estrellas y un azul casi negro solo puedo pensar en lo trágica que fue la noche anterior a lo largo y ancho del país.
Era cerca de la 1:00am cuando desperté alarmado por el estrepitoso sonar de las brisas que azotaron al estado Vargas durante casi tres horas, y que dejaron innumerables daños materiales. En medio de la madrugada, entre la confusión del sueño y la alarma del susto, no puedo evitar pensar en cuan débiles son nuestras estructuras. Cuan débil es hoy Venezuela como sociedad, y tan frágiles como individuos. Cuántos pilares de la vida cotidiana hemos perdido durante estos años de involucion.
Poco más de veinte minutos habían transcurrido desde que comenzó aquella colosal demostración de fuerza de la naturaleza, y cientos de techos vecinos volaban cuál hojas de papel por el cielo de la costa venezolana. Ajeno a lo que pasaba en otras zonas del país, no podía evitar pensar que Vargas sería la noticia del día, sin embargo, y para mí sorpresa, Aragua tomaría escena.
Una segunda metáfora me removeria la consciencia en pocas horas. Despierto, luego de una terrible noche, con la noticia de que Aragua estaba bajo el agua. Se desbordó El limón, otra vez. Cientos, quizás miles de familias bajo el agua. Continuó en las noticias, Caracas pasó la noche a oscuras, y en Nueva Esparta tembló.
Una sola noche, cuatro estados golpeados desde lo físico hasta lo moral. Demasiada información, exceso de tragedia se respira en este pequeño espacio que somos dentro de la inmensidad de lo quizás pueda ser.
Hay escaces de buenas noticias, lo que abunda es la tragedia. En Vargas, cedieron una innumerable cantidad de árboles. Se voló el techo de cualquier casa, y se derrumbaron otras tantas. Una noche marcada por la superstición del número 13.
Aragua. Cada vez que te pienso, se me inunda el alma, así como tus calles. Cuánto dolor habrá en quien perdió todo, cuánta soledad dentro de tanta compañía. La desolación del que siente que su historia es única, aunque está rodeado de similitudes.
Mientras chorreo letras viendo las estrellas, pienso en María Guevara, en como se le estremeció el cuerpo, en el daño que habrá causado el movimiento de su suelo. Se le movió la vida a la isla, se nos está moviendo la vida y no sabemos cómo bailarla.
Brisas que acabaron con casa, una inundación y un sismo, para colmo, la selección pierde su segundo partido al hilo en las eliminatorias mundialistas, todo en menos de veinticuatro horas. No hay respiro para el elefante, ya no tiene ni un mínimo de descanso, se le ve agotado, sin ánimo.
Un día más en el país de la imprediccion, dónde nada parece estar escrito.
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