Todos teníamos miedo de que llegara el momento, de que por fin, luego de un par de meses de expansión de la pandemia, nos tocara a nosotros. Algunos opinaban diciendo que no llegaría, otros más aventurados aseguraban, que, de llegar, los venezolanos teníamos un Master en tragedias y poco nos afectaría.
Llego el día, nuestra preocupación era real. Llegó el COVID-19 a Venezuela, y nuestro sistema de salud en las condiciones más precarias que se recuerden. Comienza la cuarentena, se anuncian medidas y formas de prevención. El régimen da un paso al frente y dicta órdenes. Calles militarizadas, controles y restricciones cada vez más severas. Encuentran en la pandemia, un aliado para hacer política.
Día 2 de la cuarentena, tengo que salir, porque como la gran mayoría de los venezolanos, tengo que abastecerme de provisiones regularmente. No voy muy lejos de casa y noto la cantidad de personas que, a pesar de conocer la orden de cuarentena, siguen en las calles. Tapaboca incluido veo como un policía del municipio matraquea a quien vende comida, una bolsa con carne, queso, mortadela e incluso arroz y pasta, todo escondido, todo bajo un tapabocas en forma de protección. La impunidad no cesa ni en medio de una pandemia, es el reflejo del país que somos. Un exceso de ley, sin ley.
Hay cada vez más personas en la calle, se escucha repetidas veces “¿Cómo quieres que me quede en la casa si no puedo comprar comida para tantos días?”. Veo con preocupación la gran cantidad de varguenses sin tapabocas, los militares, les prohíben el tránsito. Somos un país empujado a una cuarentena de papel, todos tratamos de cumplir las medidas preventivas, pero al mismo tiempo tratamos de sobrevivir al socialismo. “Lávese las manos varias veces al día” se escucha en la televisión, se lee en internet, y en los cartelones en las calles. Llegas a tu casa, abres el grifo y no sale nada, no hay agua. Esperas no haber tocado nada en la calle, esa es tu esperanza.
Me voy a casa, mientras más camino a lo alto del cerro, noto que menos personas usan tapabocas. Los niños juegan como siempre, las madres encerradas, son el reflejo de un país que abandono a la juventud a su suerte. No todo puede ser malo, comienzo a leer sobre la gran cantidad de venezolanos haciendo y regalando tapabocas. Mi abuela, de 74 años sabe que no debe salir, comenzó a hacer tapabocas para aquellos vecinos que no tienen y no pueden comprarlos.
Somos, como país, una simulación de normalidad que no cabe en medio de una pandemia. Estamos viviendo una cuarentena de papel.
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