Un mendigo no es más que una persona que depende de limosnas para poder alimentarse y vivir, no es un termino despectivo ni denigrante, aunque a veces lo parezca. Realizando un ejercicio de memoria intentaba recordar que factor se repetía diariamente en mi vida desde que comencé a estudiar en Caracas, y tristemente no hallé una idea positiva la cual se cultivase a diario, de hechos, ni siquiera habían demasiados sucesos malos que fuesen repetitivos, lo cual te habla de lo impredecible de la capital, sin embargo, si encontré un factor. Casualidad o no, cada día que he pasado en Venezuela desde que tengo memoria incluso, he visto mendigos. Ese es mi factor hoy, mi preocupación.
Intentas ayudar cuando puedes, pero son demasiados. El metro de Caracas esta infestado de centenares de mendigos con historias increíbles en las que se fundamentan para explicarte que no pueden trabajar y que es tu obligación colaborar con su causa. Desde quienes cantan a cambio de "una colaboración para el arte callejero" quienes usualmente arrancan más de una sonrisa y suelen tener buen publico así como buen crédito de aportes. Pasando por los adultos mayores que generalmente insisten en lo difícil de tener su edad en condiciones tan precarias como las que presenta el país.
Hoy fue precisamente un día congestionado desde ese punto. Llegué a Caracas a las seis de la mañana, y como cada día camino hasta la estación de Plaza Sucre, los pocos reflectores que sirven parpadean como si de una cámara se tratase, como si desde los postes nos fotografiasen a todos. La plaza está atestada de carteles que anuncian a algún ladrón más del régimen derrochando su amor por Caracas y prometiendo una capital prospera, eso en los postes, claro. La realidad en el suelo de esa misma plaza es diferente, decenas de mendigos que te miran suplicando que los ayuden con algo. Esta escena me recuerda a Delcy Rodriguez asegurando que no existe emergencia humanitaria mientras los niños comen de la basura. Delcy es el cartel, Venezuela es su plaza.
Hora de volver a casa luego de un día agitado por las evaluaciones, Caracas me recordaría una vez más que quizás aprobar un parcial no es lo más importante del día. En el vagón escucho una voz entrecortada, respira a medias. Es una mujer con una treintena de años a la espalda, esta pidiendo ayuda. Nos cuenta que la atropellaron, ambas piernas rotas, dificultad para hablar y caminar. Un par de niñas en casa, la mayor de ocho años, no tiene otra forma de alimentarlas pues no consigue trabajo. Llora, nadie parece advertir su presencia. Sigue llorando y suplica que tengamos piedad, necesita comer. Si su historia es cierta, son tres venezolanas que dependen de la buena fe de los usuarios del metro, algo que parece escaso. El día continua, un niño se une a la caravana de mendigos que he visto hoy. Menos de ocho años, eso seguro. Sube al autobús con un "Buenos días" y a pesar de no recibir nada tras su historia de necesidad, abandona la unidad con un "Que dios los bendiga y pasen buen día". Un niño que no tiene la culpa de nada, el futuro de la república. Ahí está el peligro de seguir viviendo en atraso.
El Socialismo se convirtió en una enorme valla publicitaria que vende un país prospero, muy lejano a lo que se vive en las aceras de Caracas. Desde el campesino que vino a Caracas por la operación de un hijo, hasta los caraqueños de toda la vida que simplemente no encuentran otra forma de vivir. El futuro del país, esos niños que no conocen nada más, e incluso los más veteranos, quienes conocen las viejas glorias de la república.
A principios de año, el satrapa de miraflores aseguraba que Venezuela no le iba a mendigar ayuda a nadie, negándose así a recibir ayuda humanitaria. Hoy las aceras de Caracas son mendicidad y no comercios. Hambre y no productividad. Hoy somos un país lleno de mendigos.
Intentas ayudar cuando puedes, pero son demasiados. El metro de Caracas esta infestado de centenares de mendigos con historias increíbles en las que se fundamentan para explicarte que no pueden trabajar y que es tu obligación colaborar con su causa. Desde quienes cantan a cambio de "una colaboración para el arte callejero" quienes usualmente arrancan más de una sonrisa y suelen tener buen publico así como buen crédito de aportes. Pasando por los adultos mayores que generalmente insisten en lo difícil de tener su edad en condiciones tan precarias como las que presenta el país.
Hoy fue precisamente un día congestionado desde ese punto. Llegué a Caracas a las seis de la mañana, y como cada día camino hasta la estación de Plaza Sucre, los pocos reflectores que sirven parpadean como si de una cámara se tratase, como si desde los postes nos fotografiasen a todos. La plaza está atestada de carteles que anuncian a algún ladrón más del régimen derrochando su amor por Caracas y prometiendo una capital prospera, eso en los postes, claro. La realidad en el suelo de esa misma plaza es diferente, decenas de mendigos que te miran suplicando que los ayuden con algo. Esta escena me recuerda a Delcy Rodriguez asegurando que no existe emergencia humanitaria mientras los niños comen de la basura. Delcy es el cartel, Venezuela es su plaza.
Hora de volver a casa luego de un día agitado por las evaluaciones, Caracas me recordaría una vez más que quizás aprobar un parcial no es lo más importante del día. En el vagón escucho una voz entrecortada, respira a medias. Es una mujer con una treintena de años a la espalda, esta pidiendo ayuda. Nos cuenta que la atropellaron, ambas piernas rotas, dificultad para hablar y caminar. Un par de niñas en casa, la mayor de ocho años, no tiene otra forma de alimentarlas pues no consigue trabajo. Llora, nadie parece advertir su presencia. Sigue llorando y suplica que tengamos piedad, necesita comer. Si su historia es cierta, son tres venezolanas que dependen de la buena fe de los usuarios del metro, algo que parece escaso. El día continua, un niño se une a la caravana de mendigos que he visto hoy. Menos de ocho años, eso seguro. Sube al autobús con un "Buenos días" y a pesar de no recibir nada tras su historia de necesidad, abandona la unidad con un "Que dios los bendiga y pasen buen día". Un niño que no tiene la culpa de nada, el futuro de la república. Ahí está el peligro de seguir viviendo en atraso.
El Socialismo se convirtió en una enorme valla publicitaria que vende un país prospero, muy lejano a lo que se vive en las aceras de Caracas. Desde el campesino que vino a Caracas por la operación de un hijo, hasta los caraqueños de toda la vida que simplemente no encuentran otra forma de vivir. El futuro del país, esos niños que no conocen nada más, e incluso los más veteranos, quienes conocen las viejas glorias de la república.
A principios de año, el satrapa de miraflores aseguraba que Venezuela no le iba a mendigar ayuda a nadie, negándose así a recibir ayuda humanitaria. Hoy las aceras de Caracas son mendicidad y no comercios. Hambre y no productividad. Hoy somos un país lleno de mendigos.
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