Ir al contenido principal

El desastre que somos


El desastre que somos.

Antes de comenzar el nuevo trimestre en la universidad, me había planteado no escribir durante al menos un par de semanas, así además de organizar ideas podía también sumergirme más en la universidad, terminar algunos libros pendientes y despejar la cabeza. Venezuela no da descanso. Caracas demanda que se hable de ella, te arrincona y te obliga a mencionarla cada día.

Venezuela se paró, no hay anuncios importantes durante la semana. El presidente encargado trabaja en silencio mientras que la tiranía no para de gritar que están más fuertes que nunca. Los perros ladran cuando tienen miedo, pasa por nosotros no dejar que vuelvan a fortalecer sus filas. La semana comenzó difícil, el metrobus está trabajando a media máquina y por esa razón no pude llegar a la universidad. Primer día, primera falta. Martes y miércoles transcurren con cierta fluidez, nada fuera de lo diario. Asumo que son buenos días. El jueves Caracas comienza a sentir la necesidad de ser expuesta. El metro más concurrido de lo normal, de lo aceptable. El autobús de la Paz a La guaira conducido por un hombre que no debía trabajar con público. Maleducado, patán y altanero.

Es viernes y como cada día, me levanto antes que el sol. Cuando salgo de la casa aún no hace ni señales de presencia. En completa oscuridad bajo el cerro, camino hasta la parada con temor de que el hampa haga lo suyo y me quite el poco efectivo que llevo. Llego a Caracas sin mayor problema, la cuestión estaría difícil para volver a casa. Saliendo de la universidad decido bajar en autobús hasta el metro, hoy no quiero ver la crueldad de Caracas, lo peor vendría luego.

Por estos días, me ocupa el tiempo una entrevista a Pérez Jiménez en los 80's, y tal es la forma en la que me absorbió que hoy una de mis mayores preocupaciones es la fuerza armada y el deterioro del país, no en los últimos veinte años, si no desde la salida del General andino y la instauración de la democracia. Haciendo comparaciones del gobierno entre el año 48 y enero del 58 con cualquier otro gobierno o periodo en la historia de la república resulta humillante para cualquiera que intente menospreciar el trabajo del General en sus funciones como jefe de estado, y de gobierno.

Llego al Silencio, me siento a leer y se va la luz. Llegan trabajadores del metro y aseguran que es algo interno, el metro sigue funcionando. Al parecer han aprendido de quienes hoy usurpan el poder, pues solo media hora después deciden admitir que no funcionaría el metro. Otra falla eléctrica. Saliendo de la estación veo una discusión, un miliciano en su burdo intento de ejercer autoridad estuvo a punto de llegar a los golpes con un señor. La PNB que estaba presente solo se llevó al señor, y no dijeron nada al miliciano. Entonces pienso en Pérez Jiménez y en que su preocupación desde antes de ser gobierno, durante y luego de salir del poder, hoy es más vigente que nunca, la fuerza armada no tiene ningún valor, no representan al país. No tienen dignidad ni moral institucional.

Llego a Gato negro y Caracas me da otra cachetada. Cuando era un niño, cada fin de semana transitaba por Catia y nunca había visto tantos locales comerciales cerrados y tantos buhoneros, algo absurdo, casi imposible caminar por la acera. Caracas está destruida, sucia. Mi ciudad es el reflejo exacto del fracaso del modelo socialista que desde hace más de 60 años viven en las entrañas de la república. Espeto una hora a que el autobús llegue y me lleve a casa. El único autobús que apareció no me dejaba cerca de casa, pero es lo que hay. Tristemente me recuerda a la situación que vivimos los venezolanos cuando salimos a comprar. No nos gusta ese queso, pero es lo que hay. Esa carne tiene un color extraño, pero es lo que hay. Cada situación, por mínima que sea, es comparable al desastre que somos.

El autobús hace su última parada, me resigno y comienzo a caminar a casa. 45 minutos de caminata da mucho para pensar. Son cerca de las 12:00 del día, el calor me complica el trayecto. Sudo. Toca la parte más difícil, subir el cerro. Llego, me veo en el espejo y no entiendo de donde sale tanto sudor, tanto cansancio. Aún así, aunque los días y las semanas sean difíciles, a esto vine. Hace unos días leí de un amigo que "A nosotros no nos tocó luchar, decidimos hacerlo" y cuánta razón, decidí volver a luchar. Caracas. Mi ciudad, la capital de Venezuela, el país que potencialmente podría ser el más próspero del continente, es un caos, un desastre. Llega el fin de semana y con él la necesidad de seguir haciendo política, seguir alzando la voz.

Alguna persona me ha dicho que soy antinacionalista porque expreso mi descontento con Caracas. Soy incapaz de levantar la voz contra mi casa, mi madre. No se puede ser nacionalista solo con decirlo, es necesario demostrarlo y tener acciones contundentes en pro de respaldar esa posición. No basta decir "Soy nacionalista" es necesario demostrarlo. El general López Contreras se proclamaba nacionalista y aun así entregó territorio venezolano a Colombia. El doctor Caldera se decía amante de Venezuela, un nacionalista integro, al menos de palabra porque se postergo durante 12 años la discusión sobre la posible recuperación del Esequibo. Puedes ser nacionalista, pero no puedes ser estúpido. Caracas está hundida en miseria y hambre. Como amante feroz de la capital y del país, no puedo dejar de alzar la voz. Callar y hacerme el ciego sería no amar a Caracas, es necesario denunciar lo que se deba corregir, es necesario trabajar por corregirlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Zapato roto.

 Lo conocí por allá en 2009, cuando teníamos apenas diez años y jamás pensé que le tocaría salvarme la vida. Carga detrás de su nombre un apellido de esos fuertes, de los que se reconocen por su importancia en la historia de nuestro país, pero no, no tiene vínculo con los Machado que todos conocemos, solo comparten la casualidad de un apellido. De padre yaracuyano y madre varguense, creció en una familia normal, sin muchos sobresaltos. Hijo de policías retirados. Testarudo como pocos, malgenio y descaro. Su vida transcurría entre idas al colegio, jugar fútbol y una que otra salida los fines de semana. Estudia derecho, le gusta la política, y poco a poco deja la vida rutinaria para involucrarse, aún así, Windell jamás pensó que exactamente 7.346 días después de aquel 23 de noviembre en que vio la luz de la vida por primera vez, estaría atrapado en medio de gas, basura y plomo, con un zapato roto y buscando libertad. Se despertó a las 7:00am, alistó un bolso con máscara, alcohol, le...

Final de trimestre, final de la tiranía.

Un día más, un lunes más a la lista, ultimo día del trimestre y pienso que después de lo caótico que ha sido este periodo, hoy no puede ser tan malo, solo un día más de una seguidilla de días malos, no pude estar más equivocado. A las 4:15 am suena el despertador y asumo que es necesario asistir a la universidad pues tengo la imperiosa responsabilidad de presentar un parcial que representa la mitad de la nota. Pasan los minutos, me alisto y a las 5:00 de la mañana salgo de mi casa, con la escasa luz de las calles voy repasando las que creo serán las preguntas del parcial hasta llegar a la parada del Metrobus, una vez más la cola es infernal. A las 5:20 llega el Metrobus y como si ya ni fuese mucho esfuerzo tener que estudiar sin luz en medio de una cola, alguien, un hombre de escasos cincuenta años intenta adelantarse, una pequeña discusión con aquel hombre que termina en "Respete señor, que yo estaba primero", el día comenzó mal, supongo. El Metrobus nos deja en Catia, una ...

19

 19. Hay poco más que decir en estas horas que nos llenan de luto por las nuevas vidas que ha perdido el país en medio de la hecatombe que vivimos. Aunque parezca increíble, no hemos perdido sensibilidad ni capacidad de asombro. Hoy los venezolanos nos preguntamos cómo es posible tanta tragedia, tanto abandono. Como si el mundo hubiese volteado la vista a otro plano, en nuestras costas mueren ahogados nuestros hermanos, nuestras mujeres. Nuestros niños. ¿Cuántos días de hambre caben en la decisión de apostar tu futuro en una pequeña embarcación? ¿Cuántos lamentos caben en un país que ve morir a sus hermanos? Como si todos llevásemos la misma sangre, el país amaneció de luto, llorando una perdida más. Nadie aguanta las lágrimas, se nos desborda la vida. Nos ahogamos en nuestra propia incertidumbre. Como duele la vida.  ¡Ay, los niños que perdieron el futuro! No existe la infancia, la ahogaron en desespero y el hambre. Cuanta confusión, cuanto dolor. Flotamos bocabajo, esperando...