Antes de volver a vivir en Venezuela admiraba quienes continuaban la educación a nivel superior en el país, pues incluso viviendo en el extranjero conoces, o crees conocer los problemas diarios del país, pero no es así. Hoy, después de poco mas de un mes de vida universitaria entiendo realmente lo difícil que es continuar estudiando en un país que se cae a pedazos, en un país como Venezuela. Para poder llegar hoy a la universidad, y como casi todos los días, guindo de la puerta de un autobús que recorre capitolio. Un pie en la escalera y tres dedos para agarrarme de la puerta, el resto del cuerpo cuelga por todo capitolio. Carros que tocan corneta para poder pasar y la mirada de la mayoría, quienes juzgan como si guindases por diversión y no por la necesidad de presentar un examen, o simplemente de llegar a tiempo. Mientras colgaba por capitolio tuve tiempo de pensar en todos esos chamos que al igual que yo, cuelgan de camino a la universidad, en todos los que dependen del flujo de transporte y su funcionamiento para no perder un examen, una materia, o incluso un semestre. Hoy entendí que los venezolanos, y principalmente los estudiantes, estamos guindando en las puertas de nuestro futuro.
Salgo de la universidad y caminando por capitolio me tropiezo de frente con el hambre. Por lo menos quinientas personas hacen una fila interminable para recibir un plata de comida por parte de alguna organización caritativa que cada martes hace lo propio en las calles. Cada semana veo a estas personas con hambre, cada martes son mas que el anterior. Cada martes, luego de quejarme del precio de las empanadas en la universidad, Venezuela me abofetea y me recuerda que aun puedo comprar esa empanada. Cada martes veo el hambre de Caracas mas crudo.
Después de otro día y la crudeza de Caracas llego a la estación Capuchinos, mientras la acalorada multitud espera el vagón, comienzan los gritos, las personas comienzan a exigir agua, a gritar por ayuda. El motivo, una señora de unos sesenta años se desplomo en la estación. En medio del alboroto comienzan los juicios caraqueños. "Eso es calor" opina la mayoría, parece la versión mas creíble y razonable, hasta que un señor se acerca con toda la confianza de un buen caraqueño "ay hijo, ellos dicen que es el calor... pero a lo mejor esa señora no ha podido ni desayunar". El señor se calla un momento y pienso en las personas de capitolio, en cuantos de ellos dependen de la caridad para no ceder frente al hambre. No tengo un numero exacto, pero aún sin manejar datos asumes la devastadora respuesta. Vuelve el señor y sentencia "Hay quienes fingen y cuando vas a ayudar, los ladrones te abren el bolso". Otra vez el señor me hace pensar y cuestionarme. ¿Hemos llegado al punto de desconfiar incluso de una señora que cae desmayada? La respuesta esta clara, si.
Caracas se describe a si misma cada día, mi ciudad se ha convertido en hambre, desmayo, en el intento de algunos por ayudar, como quienes socorrieron a la señora en capuchinos. Pero Caracas es también la indiferencia de la mayoría.
Hace un par de días uno de mis profesores fue golpeado en la cara por la crudeza del país. Se paró frente a la clase y fue tajante. "Ustedes son quienes están matando a este país con su indiferencia". Des`pues de un silencio devastador, sentencio "En días como hoy, quienes amamos la libertad, alzamos más fuerte nuestra voz. Hoy ustedes tienen que repudiar más al régimen". No hizo falta subir el tono, la seriedad de su voz al hablar basto para que toda la clase sintiera vergüenza por no hacer nada. Las palabras del profesor y nuestro silencio contradice mi pensamiento inicial. Quizás no todos los jóvenes piensan en la libertad, quizás son los adultos quienes siguen añorando su antigua vida, su libertad.
Al parecer, hoy en mi país no se puede aspirar a nada más que agarrarse con los dedos a la puerta del autobús en el que han convertido al país. Hoy Venezuela es un autobús con los pasajeros colgando de la puerta. Cada día más estudiantes se bajan de Venezuela, cada día se nos escapa el talento y la educación por la puerta de atrás, o lo que es lo mismo, por las fronteras. Cada vez somos menos quienes aún colgamos de la puerta.
Salgo de la universidad y caminando por capitolio me tropiezo de frente con el hambre. Por lo menos quinientas personas hacen una fila interminable para recibir un plata de comida por parte de alguna organización caritativa que cada martes hace lo propio en las calles. Cada semana veo a estas personas con hambre, cada martes son mas que el anterior. Cada martes, luego de quejarme del precio de las empanadas en la universidad, Venezuela me abofetea y me recuerda que aun puedo comprar esa empanada. Cada martes veo el hambre de Caracas mas crudo.
Después de otro día y la crudeza de Caracas llego a la estación Capuchinos, mientras la acalorada multitud espera el vagón, comienzan los gritos, las personas comienzan a exigir agua, a gritar por ayuda. El motivo, una señora de unos sesenta años se desplomo en la estación. En medio del alboroto comienzan los juicios caraqueños. "Eso es calor" opina la mayoría, parece la versión mas creíble y razonable, hasta que un señor se acerca con toda la confianza de un buen caraqueño "ay hijo, ellos dicen que es el calor... pero a lo mejor esa señora no ha podido ni desayunar". El señor se calla un momento y pienso en las personas de capitolio, en cuantos de ellos dependen de la caridad para no ceder frente al hambre. No tengo un numero exacto, pero aún sin manejar datos asumes la devastadora respuesta. Vuelve el señor y sentencia "Hay quienes fingen y cuando vas a ayudar, los ladrones te abren el bolso". Otra vez el señor me hace pensar y cuestionarme. ¿Hemos llegado al punto de desconfiar incluso de una señora que cae desmayada? La respuesta esta clara, si.
Caracas se describe a si misma cada día, mi ciudad se ha convertido en hambre, desmayo, en el intento de algunos por ayudar, como quienes socorrieron a la señora en capuchinos. Pero Caracas es también la indiferencia de la mayoría.
Hace un par de días uno de mis profesores fue golpeado en la cara por la crudeza del país. Se paró frente a la clase y fue tajante. "Ustedes son quienes están matando a este país con su indiferencia". Des`pues de un silencio devastador, sentencio "En días como hoy, quienes amamos la libertad, alzamos más fuerte nuestra voz. Hoy ustedes tienen que repudiar más al régimen". No hizo falta subir el tono, la seriedad de su voz al hablar basto para que toda la clase sintiera vergüenza por no hacer nada. Las palabras del profesor y nuestro silencio contradice mi pensamiento inicial. Quizás no todos los jóvenes piensan en la libertad, quizás son los adultos quienes siguen añorando su antigua vida, su libertad.
Al parecer, hoy en mi país no se puede aspirar a nada más que agarrarse con los dedos a la puerta del autobús en el que han convertido al país. Hoy Venezuela es un autobús con los pasajeros colgando de la puerta. Cada día más estudiantes se bajan de Venezuela, cada día se nos escapa el talento y la educación por la puerta de atrás, o lo que es lo mismo, por las fronteras. Cada vez somos menos quienes aún colgamos de la puerta.
Mejor no pudiste decirlo.
ResponderEliminarExcelente primo. Dura realidad. Que orgullo que aún así, decidas guindarte de esa puerta en vez de bajarte y no mirar atrás. Porque es tú puerta, es tú país, y depende de cada uno de nosotros, no es cualquier cosa. Eso quiere decir que aún hay esperanza. Mientras aún exista estudiantes o personas así, todavía hay oportunidad de cambiar las cosas. Exitos.
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